Es curioso cómo la tecnología pone a babear a los ejecutivos más insospechados. Siempre tan trajeaditos, con sus corbatas, sus pantalones de pinzas, sus zapatitos de Armany..., y sus PDAs o teléfonos móviles tan chulos. Hasta ahí todo bien, es su uniforme en realidad, incluída la PDA. Lo malo es cuando empiezan a pedir ciertos servidores, con ciertos sistemas operativos, porque lo han leído en algún sitio, porque los tiene la competencia, o porque lo han soñado por la noche y al levantarse se creen que es verdad. Lo cierto es que no tienen ni puta idea, y eso no es lo peor. Lo peor es que se creen que saben más, por viejos que por diablos, que el sysadmin de turno, nosotros, que sí que tenemos la formación, la experiéncia, y los que en realidad estamos metidos en el ajo.
No me digáis que no, seguro que lo habéis sentido en vuestras carnes, igual que yo en las mías, infinidad de veces. Hay poco que hacer contra esto, pero algo hay. Una vez tuve un compañero de trabajo que sabía cómo torear estas situaciones, y a estos individuos, y lo hacía con la gorra puesta. Menudo fenómeno. El truco que empleó -qué mente tan creativa- fue el de enviar notas anónimas al director de la empresa, aconsejándole cómo se tenían que hacer las cosas a nivel de tecnología, y cómo fallaban los ejecutivos y jefes de departamento que el director había contratado para mantener esos sistemas. Fue duro, al principio, pero resultó muy efectivo.
Recuerdo que removieron Roma con Santiago, pero al final lo descubrieron, y lo echaron. Al final era cierto que los ejecutivos sabían más por viejos que por diablos -y muy diablos sí que eran, sí-, aunque no fuera en las áreas de tecnología, sino en la de los subterfugios y las conspiraciones palaciegas. Qué le vamos a hacer. Pero a mi la experiéncia sí que me la dio, aunque no me ha hecho falta llegar a eso todavía. Quizás porque soy más pasota, o quizás porque hago firmar un documento, o las órdenes, o lo pido por correo electrónico, que quede constancia de quién lo ha solicitado, su peso, y mi disconformidad, como que sólo sigo órdenes, a pesar de tener una solución mucho mejor. Eso me ha salvado el cuello en algunas ocasiones, y ha ocasionado mi despido en otras -claro, a veces se niegan a facilitarme la petición, y yo, por lo tanto, a realizar el trabajo-, pero la vida sigue, y para trabajar esperando el infarto, mejor no trabajar. El infarto llegará igual, pero por lo menos mientras te tocas los cojones en casita.
Otro día os contaré mi último despido. Ya opinaréis vosotros quién tenía la razón, si yo o el gilipollas de mi jefe.
Etiquetas: desventuras
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